ÚLTIMO GUION A LA WARNER.
PRIMER FOTOGRAMA
La mañana estaba fresca; las ráfagas de viento aún se filtraban bajo puertas y ventanas. Después de tanta lluvia, a Mariano Feelman, septuagenario y ex director de cine porno, le dolía la garganta. Colocó el calentador portátil, se tomó una aspirina con el té que había preparado con el saquito del día anterior, se enroscó la bufanda para protegerse el cuello y bajó las escaleras. Al llegar al hall de entrada, descubrió que por la ventana entraba un sol tenue. Apenas si calentaba.
Afuera, el asfalto seguía anegado. A un perro que andaba por ahí no parecía importarle el clima: chapoteaba sin problemas.
Tras salir de la pensión, caminó en dirección a la avenida San Martín. Hacia el final de la cuadra se perdió en la esquina. Tenía algo de hambre; su estómago rugía como una manada de leones famélicos. Se hizo una promesa: si la cámara se había vendido, cancelaría su deuda con la señorita Ángela. Luego iría a un bar y pediría un buen desayuno. Le apetecía una taza de café con leche y un tostado de jamón y queso. Y si le sobraba una moneda, un flancito con crema y dulce de leche de postre. Esperaba que la glucemia aguantara. Y si no, que Dios, la Patria y la Diabetes se lo demanden. La frase le pareció tan original que decidió incluirla como diálogo en su próximo guion.
Anduvo a pie unos veinte minutos, hasta que llegó a un negocio que parecía detenido en el tiempo. En las vidrieras había afiches de Kodak, Fuji, Agfa, Canon, Nikon, Chinon, Ferrania, Bell & Howell, Bolex. A pesar de que hacía décadas que esas imágenes colgaban de las paredes, conservaban relativo buen estado; el conjunto parecía un fotograma sacado de una película de Jacques Tati. La marquesina anunciaba: Casa Hernández, todo para el profesional de la fotografía y el cine. Una alfombra que en otra época había sido roja se extendía entre las dos vidrieras, con un Welcome apenas visible.
Feelman se detuvo frente al escaparate, observó con atención: un gato dormía plácidamente en el estuche de una cámara. Apenas sintió la mirada penetrante, entreabrió un ojo, lo miró por un segundo y, sin remordimientos, soltó un bostezo antes de volver a su siesta. Con suavidad, Feelman abrió la puerta. El tilín-talán de una campanilla colgada en el marco resonó en el aire, anunciando su entrada.
Detrás de un mostrador de madera clara con vitrinas de vidrio, Hernández, un fotógrafo de pelo largo y blanco, no mostró reacción alguna. ¿Para qué ilusionarse? Después de todo, nadie iba a comprar ya. Lo más probable era que fuera un cobrador.
Feelman, con pasos ligeros, rodeó el mostrador, tocó suavemente con el pie la pata de la silla en la que estaba sentado Hernández y le dijo:
—¿Cómo está, Mister Wormold?
Al escuchar su voz, Hernández esbozó una leve sonrisa. Sabía que el juego había comenzado. Ambos disfrutaban mucho de inventar personajes, y Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene, era una de sus recreaciones favoritas. Hernández levantó la vista y, con voz impostada, grave y exagerada como un actor de doblaje, respondió:
—¿Qué desea? ¿Una aspiradora de succión por pila atómica?
Ambos rieron por unos instantes, pero pronto el silencio y la realidad volvieron a instalarse en el aire.
—Es triste —refunfuñó Hernández, con un dejo de melancolía—, pero el verdadero engaño murió. Ya no se matufia como antes, con estilo.
—No lo creo —replicó Feelman sin mucha convicción.
—¡Claro que sí! No seas ingenuo. Hoy en día, ningún servicio de inteligencia va a creerse que los planos de una aspiradora son los de un arma atómica.
Feelman se encogió de hombros y miró hacia la vidriera.
—Tal vez no una aspiradora… pero ¿el plano de lo que está ahí? —dijo, señalando al gato que seguía durmiendo.
—¡Ah! No. Mankiewicz necesita una cama.
Mankiewicz, el gato, seguía en su mundo, indiferente a la conversación, sin saber que su nombre era un homenaje a Herman L. Mankiewicz, guionista de Ciudadano Kane, película de Orson Welles.
—¿Justo en mi cámara? —protestó Feelman.
Hernández se encogió de hombros una vez más. Con parsimonia, se levantó y desapareció un momento en la trastienda. Al regresar, traía consigo una cámara Super 8 marca Bell & Howell. Sopló el polvo acumulado en ella, las partículas se arremolinaron en el aire y Feelman estornudó con fastidio.
—Lo siento. Ya nadie las quiere. Igual que a nosotros —dijo Hernández, con una tristeza resignada.
Ambos se miraron en silencio con desdén: compartían la misma sensación de haber sido olvidados, desechados, descartados de manera cruel.
Feelman apenas mostró sus sentimientos, aunque se podía intuir que iban hacia abajo, al igual que sus hombros. La esperanza de que, con la venta de esa cámara, al menos iba a pagar la deuda de la pensión, desayunar y, con suerte, guardar algo de dinero, se desvaneció como la tímida luz del invierno, pero Hernández, decidido a que el momento no cayera en la melancolía, abrió una vitrina. Junto a una lente gran angular, había una botella de licor y dos copitas. Sirvió los vasos y chocaron las copas con un pequeño sonido que llenó el aire entre ellos. En poco tiempo, la alegría y la nostalgia los envolvieron.
—Si al menos pudiera hacer como Lime, desaparecer del mundo, que me crean muerto… —murmuró Feelman, con los ojos perdidos en el pasado.
—Siempre te gustó Lime —respondió Hernández—. Orson Welles lo interpretó de maravilla: un contrabandista que adulteraba medicinas en la Viena de posguerra. Y su amigo, Holly Martins, llega buscándolo solo para descubrir que se esconde en las cloacas, fuera del alcance de la justicia. Lime era un miserable, pero vos no. ¿Por qué te identificás tanto con él?
Feelman no respondió. Terminó el último sorbo de licor en silencio. Sabía que esa mezcla de recuerdos y alcohol avivarían el bajón. Entonces Hernández recordó algo y dijo: —Todos los años, por estas fechas, te escucho decir lo mismo. Y también te agarra la nostalgia por los matinés de cine animado en el cine Los Ángeles. Ah, y claro, tu fascinación por el Capitán Garfio.
Feelman esbozó una oblicua sonrisa cargada de recuerdos.
—¡Pobre Capitán! —Feelman eructó—. ¿Sabías que el gancho representa a su miembro?
—¿Curvo?
Al director le entraron dudas.
Mientras la memoria de aquellos dos hombres jugaba con sus neuronas, haciendo sinapsis inesperadas, Hernández lanzó un grito:
—¡Ah! ¡Me acordé! Llegó algo para vos.
Mariano paró la oreja. Por la seriedad en el tono, parecía algo importante.
—¿Para mí? —preguntó Feelman, extrañado.
—¡Hace como seis meses! Estuve por llamarte varias veces, pero… —Hernández se interrumpió, se levantó con parsimonia y se dirigió a la trastienda.
Regresó con un sobre de esos que se usaban para mandar material al laboratorio. Feelman reconoció el logo de Agfa.
Hernández le dio la vuelta al sobre.
—Mirá, acá está. ¿Ves? La seña es en pesos moneda nacional y está fechado el 6 de octubre de 1967.
—¿Moneda nacional? ¿1967? —Feelman hizo una pausa y con la ayuda de sus dedos calculó el tiempo transcurrido—. ¡Eso fue hace cuarenta y cinco años! ¿Qué hace esto acá, ahora?
—¿Vos creés en el más allá? —preguntó Hernández con una sonrisa enigmática.
Feelman permaneció en silencio.
—Este sobre se perdió en algún punto del proceso de revelado. Como ni vos ni yo reclamamos, nadie se enteró. El sobre quedó en el limbo durante, como bien calculaste, cuarenta y cinco años. Hace poco, no me preguntes cómo ni por qué, alguien de la compañía buscó algo en un estante y lo encontró: estaba tras un libro de cuentos. Se quedaron consternados. Pidieron mil disculpas, mandaron una caja de bombones —que iba a darte, pero me comí— y después me olvidé de llamarte. Es algo que vos filmaste. ¿Qué puede ser? ¿Te acordás?
Entre el licor, el hambre y la noticia, Feelman palideció, al borde del llanto.
—Voy a preparar el proyector —dijo Hernández.
—No, no… dejalo —respondió Feelman, sin mirarlo.
—¿Qué? ¿No querés ver la película?
Hernández lo ayudó a sentarse y fue por un vaso de agua. Mankiewicz salió del escaparate y se acercó a Feelman. Saltó sobre sus rodillas y le lamió la mano, como si entendiera su angustia. Sin decir una palabra, Feelman se levantó como un zombi. El gato volvió a saltar para no caer y se quedó quieto en la silla, observándolo con curiosidad.
Justo cuando Feelman estaba por salir, Hernández volvió con el vaso de agua. La realidad era que solo quería huir, desaparecer. Nada del pasado debía irrumpir y dejarlo colgado de la cornisa de los recuerdos. Sin decir más, caminó hacia la puerta y salió.
Era casi de noche. Algunos faroles de la calle comenzaban a encenderse. Feelman levantó la mirada del suelo, sorprendido por la rapidez con la que moría el día. Caminó unas cuadras, con el efecto del alcohol aún rebotando en su cabeza.
Los recuerdos se rebelaban contra lo único que podían: la nada. Era, en el fondo, un reflejo de sí mismo.
—¡Garfio! ¡Lime! ¿Dónde están? ¡Llévenme con ustedes! —exclamó al aire.
Mariano Feelman supo que podía gritarle a quien quisiera, pero el universo no se movería un milímetro; el mundo no sabe de morales. Un auto frenó a pocos centímetros de él, y el conductor le gritó:
—¡Viejo pelotudo!
Feelman siguió sin reaccionar, cuando algo imprevisto sucedió: un reptil alado que cada tanto lo visitaba en sus sueños parecía haber desembocado en el mundo real.
—¡Llevame con vos, hijo de puta! —le gritó a la bestia sin comprender donde comenzaba la realidad y terminaba la fantasía.
El monstruo, mientras posaba sus garras sobre el asfalto, dejó que Feelman se acercara.
El director de cine sintió el frío abrazo de la muerte, parecido a una bienvenida cálida, una puerta abierta hacia el silencio eterno. Pero cuando dio un paso hacia la criatura esta levantó vuelo. Feelman observó sus alas elevarse hasta que se posó sobre un cartel luminoso. El destino parecía determinar que aún no era su momento de abandonar la tierra. Aunque sin muchos motivos para festejar, seguía vivo. Hubiera pagado lo que sea por escapar del mundo, ser parte de un universo mágico, lleno de magos, hadas y pasadizos secretos. Detestaba el dolor que lo atravesaba en todas direcciones. Cualquier cosa que lo alejase de la realidad habría estado bien.
Solo y en silencio, Mariano Feelman caminó varias cuadras, muchas. Podía haber seguido hasta que saliera el sol, pero sus huesos no se lo permitían. Así conocería ese sol que a veces calentaba con sus débiles rayos de invierno, iluminaba con sus tenues verdades de otoño, encandilaba con las suaves ondas del verano. Pero era de noche. La oscuridad se cernía sobre el viejo como un proyector sin luz.
A la mañana siguiente, el sol proyectó la sombra de Juan Miguel Fukuma contra las paredes de la una vieja pensión. Dejó el bolso en el suelo, como quien abandona un recuerdo de un pasado marcado por la constante desaprobación de su padre, que nunca le perdonó su fracaso en los negocios familiares. Fukuma había malgastado todo lo que tenía en una mala inversión y, desde entonces, cada paso que daba era para demostrarse que aún podía redimirse. Solo así, algún día, regresaría a su tierra natal en busca de la aprobación de su progenitor, aunque la duda de si sería suficiente lo carcomía hasta el borde de la locura. Tocó el tiembre. Pasaron unos segundos desde el segundo timbrazo hasta que la puerta se abrió. Frente a él estaba la Señorita Ángela, quien esbozó una sonrisa cautivadora. Fukuma sostenía un enorme estuche de violonchelo.
—Perdón por la demora —se disculpó ella con lágrimas en los ojos, una cuchilla y una cebolla—, estaba en la cocina. No esperaba a nadie…
Fukuma sonrió. Sus gestos, propios de su origen japonés, resultaban encantadores. El brillo juvenil en sus ojos, junto con su cabello lacio y negro, lo convertían en una figura misteriosa y atractiva.
—No se pleocupe. Si está ocupada, vuelvo más talde —respondió, con una leve inclinación de cabeza.
—No, no, por favor. Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?
Juan Miguel miró a la Señorita Ángela, quien llevaba un vestido floreado que acentuaba su figura delgada y sus largas piernas. Le resultó atractiva.
—Busco hospelaje.
—¿Para algún familiar? —preguntó ella, intrigada.
—Pala mí —contestó, señalando su estuche.
—¿Qué tipo de habitación busca?
—La que puela —respondió con naturalidad.
La Señorita Ángela se llevó un dedo al mentón, pensativa.
—Déjeme pensar… Bueno, hay una disponible, pero tiene un pequeño problema.
—¿Niños? ¿Pelos? —preguntó Fukuma, algo confuso.
—¿Pelos?
—Los que hacen guau guau —aclaró él.
—¡Ah, no, no! —rió ella—. El problema es que tiene una gotera.
—¿Una gotela? —preguntó él, interesado.
—Sí —respondió ella—, pero no es gran cosa.
Fukuma sonrió con suavidad y dijo:
—¿Qué es una gotela en melio de una sinfonía?
La Señorita Ángela soltó una risa, divertida por el comentario. Le hizo un gesto para que entrara.
—¿Toca en alguna orquesta? —preguntó mientras avanzaban por el pasillo.
—¿Olquesta? No, soy estudiante. Lecién comienzo.
—¿La Quinta o la Novena? —inquirió ella con una sonrisa cómplice.
—Plefielo contlaflente —respondió Fukuma, serio, pero con cierto humor en su tono.
Ella rió con ganas.
—Usted y Feelman se van a llevar muy bien —dijo—. Ambos son artistas y tienen buen humor. Van a ser grandes vecinos.
—¿Filman? ¿Homble tlanquilo?
—Un pan de Dios —contestó la Señorita Ángela—. Callado y discreto. Ni va a notar su presencia.
Ya habían cruzado el vestíbulo y subido las escaleras cuando se encontraron con una cuerda colgando del techo, similar a una liana. Para pasar, tuvieron que apartarla.
—¿Y eto? —preguntó Fukuma, señalando la cuerda.
—La claraboya —explicó ella—. Solíamos abrirla en verano para que entrara aire fresco, pero ahora está trabada. Algún día la arreglaré. ¿Le molesta?
—No, no, pala nada —respondió él.
Ambos pasaron por el mismo costado, y la cuerda se balanceó ligeramente antes de detenerse. Llegaron a la puerta de la habitación, contigua a la de Feelman. La Señorita Ángela la abrió y le indicó a Fukuma que entrara.
—¿Qué le parece? —preguntó mientras él inspeccionaba la habitación.
Juan Miguel miró por la ventana, luego golpeó suavemente una pared, evaluando la acústica.
—Está pelfecta —dijo, y le entregó varios billetes—. ¿Le palece bien como adelanto?
La Señorita Ángela contó el dinero, sorprendida. Eran tres meses completos. No recordaba cuándo había sido la última vez que un inquilino pagaba tanto por adelantado. Sonrió y, en silencio, le entregó las llaves antes de desaparecer por el pasillo.
Fukuma guardó las pocas prendas que traía en su bolso. Acomodó un grabador con dos parlantes Hitachi sobre la mesita, colocó una cinta, y pronto el sonido de un concierto de chelo inundó la habitación. Fukuma subió un poco el volumen. La música se filtró por las paredes, se deslizó por debajo de las puertas y llegó a los oídos de los demás inquilinos. En cada rincón de la casa, la melodía se sentía diferente, y con ella, todo parecía más real, más luminoso.
La Señorita Ángela, mientras barría la sala, se detuvo al escuchar los acordes; flotaban en el aire.
—¿Qué es esa música? —preguntó uno de los residentes.
—El nuevo inquilino —respondió ella con orgullo.
La música la envolvió. La casa se llenó de una paz y armonía que hacía mucho tiempo no tenía. Fue una sensación única e irrepetible para aquellas almas olvidadas a los vaivenes del tiempo. Un tiempo que jugaba con sus piruetas y que, por una de sus extrañas características, hizo que esa semana los habitantes de la pensión disfrutaran de hermosos conciertos. Pero para Mariano Feelman, Juan Miguel Fukuma era un fantasma. Con su estuche de violonchelo a cuestas, entraba y salía en horas nocturnas, solitarias, y los pocos encuentros entre ambos lo llenaban de sospechas. Siempre los mismos horarios, la misma pieza musical, la misma ejecución perfecta. Para Feelman, el músico era un enigma: o tenía un dominio increíble de su instrumento, o escondía algo.
En la tercera noche de la segunda semana, Feelman bajó al vestíbulo. Acercó una mesita, la colocó frente al sillón y se sentó. No planeaba leer, sino jugar al ajedrez. Armó el tablero y dispuso las piezas, dejando que un hipotético rival jugara con las blancas. Esperó durante horas, casi sin moverse. Pasada la medianoche, la puerta de entrada hizo un chirrido, y Juan Miguel Fukuma ingresó a la pensión con su estuche de violonchelo. Al cruzar el vestíbulo, notó la presencia de alguien sentado en la penumbra.
—Lo esperaba. ¿Juega? —preguntó Feelman desde las sombras.
Fukuma se detuvo, sorprendido. Creyó reconocer la voz, pero la penumbra le impedía ver con claridad. Se acercó unos pasos. El piso de madera crujió bajo sus pies.
—Filman —dijo al identificar a su vecino—. ¿Qué hace aquí?
—No podía dormir —respondió Feelman, señalando el tablero. Mañana voy al cementerio. Todos los años, el mismo día. Por supuesto la noche anterior, no pego un ojo.
Lo invitó a sentarse al otro lado. Fukuma acercó una silla, apoyó el estuche a su lado y se sentó.
—¿Quiere contarme?
—No hace falta. Estoy acostumbrado. Juguemos…
—No soy muy bueno —admitió Fukuma.
—No importa, yo tampoco —respondió Feelman.
Fukuma abrió la partida moviendo el peón de dama. Feelman replicó con el caballo del rey. Fukuma movió el peón del alfil de dama, y Feelman continuó con el peón del caballo del rey. La partida estaba encaminada hacia una defensa francesa.
—Es curioso este juego. Se puede hacer cualquier cosa, menos mentir —comentó Feelman, llevando la conversación a un terreno más profundo.
Fukuma entendió de qué iba el asunto y decidió jugar también el partido paralelo, el de las sospechas. El ajedrez, al fin y al cabo, era lo de menos.
—Pol lo que veo, juega mejol de lo que imaginaba —comentó Fukuma con cierta cautela.
—Gracias. Usted también. Pero esto no se trata solo de ajedrez, ¿verdad?
—Exactamente —respondió Fukuma mientras avanzaba con su peón—. ¿Polqué sospecha de mi? Tolos mentimos un poco en la vila, ¿no? Es lo necesalio pala soblevivil. Usted hizo esas películas…
—Pornográficas —interrumpió Feelman.
—¡Esas! Pelo, ¿eso también es cine? ¿O usted es otlo falsante?
Feelman sonrió ante la provocación.
—Buen punto. Siempre me lo he preguntado. ¿Usted qué piensa?
La partida avanzó hacia el medio juego.
—Que, a veces, sel de los mejoles no es lo impoltante. Lo impoltante es saber cuándo dejal el juego —dijo Fukuma, con una sonrisa enigmática —lo felicito por ganal la paltila.
Fukuma inclinó el rey sobre el tablero, extendió su mano en señal de agradecimiento, se puso de pie y con el estuche del violonchelo se perdió escaleras arriba. Feelman sabía que el gesto era una derrota fingida, una manera absurda, insultante de cederle el control. Nada se comparaba con el dolor. Otro dolor. Ese que comenzaba a eso de las cinco y media de la mañana, cuando Feelman tomó el colectivo. Las agudas puntadas en el estómago le recordaban que, por los nervios y la falta de gas en la hornallita a garrafa de la habitación, no había desayunado. Su cuerpo era un manojo de cables pelados que hacían contacto con metales afilados. Las profundas ojeras revelaban que no había pegado un ojo en toda la noche.
Cuando llegó al cementerio, aún era temprano. Las puertas seguían cerradas. Feelman caminó unos metros hacia un costado, frotándose las manos para combatir el frío, y regresó al punto de inicio. Repitió el trayecto una y otra vez.
Treinta minutos después, un hombre abrió el portón de rejas. Feelman cruzó el arco de entrada y caminó despacio entre los senderos que separaban las lápidas. Al llegar ante aquella tumba, se detuvo. Tras sus lentes oscuros, su mirada se posó sobre la piedra fría, gris y descolorida. Durante varios minutos, contempló el nombre y la cruz sin siquiera pestañear.
Una formación de aves migratorias le hizo levantar la vista. Más allá, un pájaro rezagado se esforzaba por no perder el pelotón. Se parecía a él. Todos volaban adelante, y él quedaba atrás.
Un jovencito de unos veinticinco años, vestido con un overol azul, pasó detrás de Feelman por el único camino sin pozos, empujando un carro con herramientas. Al advertir su presencia, el muchacho se detuvo a cierta distancia y, con gesto compungido, le echó varios vistazos.
—Disculpe, señor —interrumpió el joven en voz baja.
Feelman apenas giró la cabeza.
—¿Sí?
—Hace varios días que pienso en usted.
—¿En mí? ¿Nos conocemos? —Feelman terminó de volverse, sorprendido.
—No, no nos conocemos.
—¿Entonces?
El joven comenzó a mordisquearse las uñas, nervioso.
—Tengo que contarle algo, pero no sé por dónde empezar.
El clima empezaba a empeorar. El sol, que hasta ese momento había dado algo de calor, se escondió tras una nube negra, y Feelman empezó a tiritar.
—¿Sobre qué? —preguntó, con curiosidad, a pesar del frío y la distancia que sentía.
—Es un pedido de Benito —soltó el joven.
Benito era el sepulturero mayor del cementerio. De ascendencia italiana, era jovial y hablador, aunque propenso a madrugar poco y a escabullirse del trabajo. Benito y Feelman se habían hecho compinches.
—Justo me estaba preguntando dónde andaba. Seguro que durmiendo entre las tumbas. Si quiere dinero, decile que este año no le voy a poder dar la propina.
El muchacho carraspeó; las palabras se le atascaban en la garganta.
—No vine por dinero.
—Entonces, ¿qué?
—¿Puedo hablarle en confianza?
El frío y la humedad le habían puesto las mejillas a Feelman al rojo vivo. Su paciencia se agotaba.
—Benito murió —disparó el joven—, yo lo reemplazo.
El cimbronazo tiró a Feelman hacia un lado, y se apoyó en la cruz. El muchacho agarró un pequeño termo, lo destapó rápido y sirvió café humeante.
—Tome, le va a hacer bien.
Feelman dio unos sorbos. El calor y el azúcar lo estabilizaron. A los pocos segundos, pudo preguntar:
—¿Cuándo fue?
—Hace unos días.
Feelman lamentó la pérdida.
—Todavía recuerdo cuando lo vi el año pasado. Benito estaba bien, aunque fumaba mucho. La cigarrera con el ataúd grabado fue idea mía. ¿Sabías que inventábamos historias fantásticas?
El muchacho negó con un gesto. Feelman continuó.
—Historias de horror, de muertos que regresan a la vida. Hablábamos de fantasmas, personas invisibles... Si la Warner hubiera pagado por cada uno de esos argumentos, nos habríamos hecho millonarios. ¿Qué lo mató? ¿El cigarrillo?
El joven hizo una pausa antes de responder:
—La culpa.
—¿La culpa? —Feelman estaba más confundido con cada palabra.
—El certificado de defunción dice otra cosa, pero yo sé la verdad: lo mató la culpa.
Feelman, conocedor de las bromas de Benito, no quería caer en el juego.
—Si esto es una broma de Benito, decile que se vaya a la mierda.
—¡No! ¡Le juro que no! —El muchacho, perturbado, guardó el termo y el vaso vacío—. Benito hizo algo horrible.
—¿De qué estás hablando?
El joven señaló la tumba ante la que estaba Feelman y, tragando saliva, lanzó el segundo disparo:
—Ahí abajo no hay nadie. Una mujer contrató a Benito para simular ese entierro.
Feelman no dijo nada. "¡Benito, hijo de puta!", pensó. "¡Qué ganas de darte una trompada!"
El joven insistió, aunque su voz apenas sostenía su argumento. Finalmente, Feelman se hartó.
—Déjame solo.
El muchacho, sin más que hacer, se retiró. Feelman, conmocionado, tardó en recuperar el aliento. No entendía qué estaba ocurriendo. Cuando se sintió mejor, volvió a mirar la tumba. Aunque tenía dudas, deseó poder ver debajo de la tierra, convertirse en una lombriz para acceder a la verdad. Colocó una flor en la lápida, sus manos aún temblaban. Permaneció un poco más en silencio.
Al rato, se fue del cementerio.
Era un muerto caminando entre los muertos.
Llegó a la pensión casi arrastrándose, una sombra encorvada. La vida le había puesto muchos desengaños, demasiados. ¿O era él que exageraba? Nunca lo sabía. Los ojos le apuntaban al piso, y el corazón, quién sabe dónde. Entró sin saludar y, bajo la mirada silenciosa de la Señorita Ángela, fue directo a su habitación, donde cerró la puerta con siete llaves.
Durante los días siguientes, Mariano Feelman permaneció en su cuarto, con la mirada fija en un punto perdido. Pasaron varias jornadas, y como un autómata, solo salía para ir al baño o comer alguna galletita. Las palabras del joven del overol azul seguían rebotando en su mente: la muerte de Benito, su culpa, y la desconcertante confesión de que la tumba estaba vacía. ¿Qué se escondía detrás de todo eso? La historia del muchacho tenía demasiados visos de realidad. Demasiados.
Feelman llegó a una conclusión: debía hablar con Renata, su exesposa. No le gustaba la idea de volver al geriátrico de lujo donde estaba internada. La última vez que había ido todo había terminado mal. El lugar estaba lleno de gente pretenciosa, desde los internos hasta las enfermeras, y al mando, el nazi de Von Killian. Pero era su única opción. Solo Renata podía decirle la verdad. Aunque, ¿querría hacerlo? Pedirle explicaciones era casi un acto de suicidio. No tenía otra salida.